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Claroscuro

Ilustración de Agnes Cecile

Siempre me han gustado los contrastes. Encuentro fascinante la combinación de términos opuestos o radicalmente distintos, no sólo con un fin estético, sino también en el día a día, en la vida cotidiana, en general. Blanco-negro, fuerte-débil, sombra-luz... Son conceptos simples, fáciles de ver e imaginar, pero pueden enredarse en complejos laberintos conceptuales, a veces bonitos, a veces irónicos, a veces insondables.
Hoy ha sido una mañana de contrastes.
Empezando por la mujer de la sexta planta que, a pesar de ser joven y carecer de patología grave no tardó ni cinco minutos en echarse a llorar y hacer todo un despliegue de quejas, lamentos y súplicas sin sentido reforzadas por una madre histérica con muy malos modos y una actitud muy violenta y del todo injustificada. Viéndola gritar en medio del pasillo a mi médico adjunta que, por su parte, explicaba pausadamente la situación, me acordé de todos esos titulares que tanto me impresionan y desconciertan: "médico agredido en centro de salud", "enfermera agredida por una paciente", "nuevas agresiones a profesionales sanitarios"...
Finalizando con otros dos pacientes, ambos en circunstancias poco esperanzadoras, pero con buena calidad de vida hasta el fatídico momento de su ingreso, que terminó en los dos casos con la prescripción de morfina para suavizar su final. Con ellos y con sus familias, que aceptaron y lloraron, acompañaron y reconfortaron, sin una queja, sin un grito, sin una voz. Y entendieron. Entendieron, perdonaron y agradecieron a un personal sanitario desolado e impotente el, al menos, haberlo intentado.
Cuánta violencia en la pantomima absurda del primer caso.
Cuánta gratitud de amargo sabor en los otros dos.
Qué inmerecidas ambas.
Contrastes.

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