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Toracocentesis

Pintura de Marilyn Manson

Estoy de vacaciones, repasando algunas de las que serán nuevas páginas de este diario. Un recuerdo se ha colado en mi mente y me ha hecho estremecer,  y sólo por eso lo escribo.
Un anciano semidesnudo sentado en la sala de intervenciones, al lado de broncoscopias. Uno de esos hombres caballerosos, de mirada tierna y amable, dedos finos y pantuflas impecables, dejándose pinchar por el residente para hacer una toracocentesis diagnóstica. De pronto empieza a llorar, las lágrimas resbalan por arrugas divergentes y las manos temblorosas aferran un pañuelo de papel humedecido.
- Pobre hombre, le está haciendo daño -pienso yo.
El resi, preocupado, y ya terminada la toracocentesis, le pregunta si le duele, y el anciano, con voz temblorosa y una sonrisa de ojos tristes, le responde entre suspiros:
- No hijo no, si ni me he enterado, lo ha hecho muy bien... Es la preocupación, ya sabe... A veces puede con uno...
Qué ingenua yo en ese momento, creyendo que sólo el dolor podía causar el llanto.
Qué fuerte el anciano y qué indestructible su amabilidad, presente incluso cuando él se está derrumbando.
Qué llaneza, qué ternura y qué infinitamente humano.

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